sábado, 5 de septiembre de 2026

VOLVER A LOS CLÁSICOS - por Álvaro Fernández Texeira Nunes

 


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VOLVER A LOS CLÁSICOS

 Preservar la inteligencia natural en un mundo 

dominado por la inteligencia artificial 


Transcribimos a continuación la conferencia dictada por el delegado de Civilitas en Uruguay, Ing. Agr. Álvaro Fernández. La misma fue organizada por el Círculo Tradicionalista de Historia Europea y Americana “Lealtad y Heroísmo” y se desarrolló en los salones del Club Uruguay de la ciudad de Montevideo, el día miércoles 2 de setiembre de 2026.


Buenas noches a todos. Antes de entrar en tema quiero agradecer al Círculo Tradicionalista de Historia Europea y Americana “Lealtad y Heroísmo” en general, y a mi buen amigo el Profesor Alberto Christian Márquez en particular, por haberme confiado el tratamiento de este tema. También agradezco la presencia de tantos buenos amigos que han venido a acompañarnos, y el cálido mensaje del amigo Rodolfo Fattoruso (1).

No soy un experto en la materia. Solo soy un observador de la realidad, con algo de sentido común y amor por los clásicos: algunos he leído. Creo que su lectura, tiene un enorme valor pedagógico y por eso, es de capital importancia para la restauración del realismo, que tanta falta hace en un mundo dominado por la tecnología y por la inteligencia artificial.

Si bien tengo algunas ideas propias, voy a basar mi exposición en las ideas y en las experiencias de quienes sí son -o han sido-, expertos en el tema. Como decía Bernardo de Chartres, para ver lejos, a los enanos siempre nos conviene treparnos sobre hombros de gigantes... Entremos pues, de lleno en el tema.

 

1.     ¿Por qué en otro tiempo se leían los clásicos, y hoy no?

De acuerdo con los antiguos griegos, la filosofía –el amor a la sabiduría- nace del asombro ante la realidad. Y podríamos decir que de la necesidad que tiene el hombre de compartir ese asombro, surge la educación. En la Antigua Grecia, educar no era una mera transferencia de conocimientos, sino una Paideia: esta palabra, hace referencia a un proceso consciente de formación humana y cultural diseñado para esculpir la personalidad, el alma y el cuerpo del ser humano, como una obra de arte viviente. Hoy, quizá, le llamaríamos formación integral, en el sentido más amplio.

El objetivo final de la Paideia, era alcanzar la Areté (la excelencia o virtud, tanto física como intelectual y heroica). Como el hombre griego se concebía como un zoon politikón (un animal político), tras ser educado en la virtud, se ponía enteramente al servicio de la Polis, la ciudad, la comunidad y la justicia.

La formación se desarrollaba en la Sjolé, que no era otra cosa un espacio para el ocio reflexivo. ¿A que nos suena la palabra Sjolé? A School en Inglés y a Escuela en Español. Y eso es porque el ocio griego era algo muy distinto del entretenimiento pasivo moderno. La Sjolé era el espacio indispensable para la formación integral mediante la conversación reflexiva, el debate de ideas, las artes, la música y hasta la gimnasia. Este concepto se oponía dialécticamente al neg-otio (la negación del ocio: es decir, el trabajo).

En la Antigua Grecia, nacieron las Artes Liberales, llamadas así porque su fin era formar hombres libres, capaces de adecuar su intelecto a la realidad. No siempre fueron las siete que conocemos hoy. En tiempos de Varrón (Siglo I) eran nueve, y Marciano Capella, en el siglo V las redujo a las siete actuales.

Las artes liberales comienzan con el Trivium, que estudia la Gramática, la Lógica y la Retórica. El Trivium enseña a estructurar el pensamiento, y la elocuencia para discernir la verdad y comunicarla con precisión.

Luego, siguen por el Quadrivium, que comprende la Matemática, la Geometría, la Música y la Astronomía. El Quadrivium se enfoca en la armonía matemática que rige el universo. Tanto en el Trivium como en el Quadrivium, la lectura de los clásicos era obligada. Los alumnos leían a Homero o a Virgilio durante el Trivium, y a Pitágoras o a Euclides durante el Quadrivium.

A Casiodoro se le atribuye haber acuñado el término Trivium y a Boecio el término Quadrivium, ambos en el siglo VI.

Tras la caída del Imperio Romano, el pensamiento cristiano preservó y profundizó esta educación clásica. En un libro que recopila las catequesis de Benedicto XVI sobre los Padres de la Iglesia, descubrimos que veintiuno de los treinta y seis padres estudiados por el papa, recibieron una sólida formación clásica en artes liberales.

Durante la Edad Media, los monjes jugaron un papel crucial en el rescate de la cultura grecolatina. En el siglo VI, Casiodoro fundó el Vivarium, un monasterio donde la copia y traducción de textos clásicos se convirtió en un trabajo intelectual propio de los monjes, Esta práctica, luego fue adoptada por otros monjes, y en particular por los benedictinos.

En el siglo VIII, Alcuino de York consolidó el currículum del Trivium y el Quadrivium, que se hizo obligatorio en todo el imperio carolingio, mientras que en el siglo XI, Hugo de San Víctor promovió la lectura metódica en voz alta de los clásicos, para elevar el intelecto. Las universidades medievales utilizaban el método escolástico (lectura de textos clásicos y debate entre puntos de vista contradictorios) con el fin de enseñar a pensar para descubrir la verdad y practicar la virtud. Aunque este método fue duramente criticado por sostener discusiones bizantinas aparentemente estériles –como cuántos ángeles caben en la punta de un alfiler-, el valor real de este método no residía en el tema en debate, sino en el entrenamiento del rigor metodológico y la gimnasia intelectual.

El declive de la educación clásica se debió entre otras cosas, al proceso de secularización y a la imposición gradual de modelos educativos utilitarios. A partir del siglo XVI, tras la reforma protestante, Occidente empezó a abandonar la idea de que existe un Absoluto verdadero. Esto llevó a la absolutización de aspectos parciales de la realidad (la razón, los sentimientos, la ciencia, la economía, la libertad) y así nacieron las ideologías.

Durante la Ilustración, se absolutizó la razón y se creó la Enciclopedia. Ésta, para estudiar la realidad, la fragmentó en materias independientes. Ello condujo a una especialización tal, que destruyó la visión de conjunto que ofrecía la educación clásica.

En el siglo XIX, los ingleses impusieron en sus colonias un modelo educativo “en serie”, estandarizado, utilitario, diseñado para producir funcionarios que actuaran del mismo modo en cada pueblo del imperio británico. Así, la instrucción enciclopédica se masificó y la educación clásica quedó restringida a las élites.

Entre los siglos XIX y XX, la formación humanística comenzó a percibirse como una pérdida de tiempo. Se priorizó la enseñanza de las “artes serviles”, utilitarias, comercializables, sobre la libertad del espíritu humano. La funcionalidad técnica, triunfó sobre la lectura de los clásicos, que fueron desplazados en muchas universidades hasta hoy.

 

2.     ¿Dónde estamos parados hoy?

La fundación de prestigiosas universidades en todo el mundo, estuvo históricamente ligada a lemas sublimes, orientados hacia la búsqueda de la sabiduría y de la verdad. Lemas como Veritas en Harvard, Vince in bono malum en Francisco de Vitoria, Veritas liberabit vos en Córdoba o In lumine tuo videmibus lumen en Columbia, dan testimonio de la misión original de estas casas de estudio.

Hoy, cabe preguntarse si estas universidades y otras por el estilo, se mantienen fieles a dichos principios, si realmente buscan la verdad y la sabiduría, o si se han transformado en una especie de “escuelas de oficios VIP”, donde se otorga prioridad absoluta a la instrucción en “habilidades comercializables” –como las definía John Senior-. Como consecuencia de esta orientación mercantilista, el espacio que se ha dejado a las artes liberales y a la lectura de los clásicos, es prácticamente nulo.

El retroceso de las humanidades frente a la ciencia empírica, las finanzas y las denominadas artes serviles, constituye solo una parte del problema. Lo verdaderamente trágico es que las propias humanidades han sufrido un proceso de deshumanización. ¿Por qué? Porque para estudiarlas, se ha adoptado en muchos centros educativos, el método científico. Deslumbrados por los notables avances de la tecnología, numerosos departamentos de humanidades de universidades prestigiosas optaron por incorporar expertos para aplicar metodologías netamente técnicas, científicas y sociológicas, que terminan disecando los textos clásicos de la misma manera en que se analizarían las piezas de un motor o la anatomía de una rata. Y esto, termina por matar el amor que estas disciplinas deberían inspirar.

Al sustituir el deleite de la poesía, de la música, de las buenas historias y del amor por la sabiduría, tan propios de la Sjolé griega, por un frío análisis de carácter científico, la educación moderna ha anulado la capacidad de los alumnos para desarrollarse como seres humanos verdaderamente libres, dotados de intelecto y voluntad. Como hombres y mujeres capaces de pensar.

La confluencia entre el abandono generalizado de las humanidades, el olvido de la búsqueda de la verdad, el bien y la belleza, y el enfoque exclusivo en saberes puramente utilitarios diseñados para maximizar los ingresos económicos, ha generado un escenario altamente explosivo. ¿Por qué? Porque los egresados que hoy salen de las universidades para asumir posiciones de liderazgo, con frecuencia carecen de una adecuada formación cultural, de las nociones más elementales sobre la naturaleza humana, y por tanto, de pensamiento crítico. Es muy difícil que líderes empresariales, académicos o sociales, formados en el utilitarismo, busquen un fin distinto al del propio beneficio personal.

En otras palabras, esta deshumanización de las universidades produce, de manera inevitable, profesionales deshumanizados, desprovistos de principios éticos y virtudes fundamentales, lo que los priva de conocer la verdad y, por ende, de alcanzar una libertad auténtica. La falta de sentido crítico, los convierte en presas fáciles de las ideologías de moda, a veces promovidas desde las propias cátedras universitarias. Así muchos de estos jóvenes se convierten en profesionales incapaces de cuestionar las directrices e imposiciones de las agendas internacionales, lo cual los convierte, a pesar de la elegancia de sus trajes, en una cuadrilla de esclavos al servicio del poder global.

Uno de los que ha criticado con su habitual acidez esta crisis académica es el escritor español Juan Manuel de Prada. De adulto, decidió cursar un posgrado y allí constató con horror el estado actual de la educación universitaria. De Prada cree que las universidades experimentan una “involución de las especies”, donde los graduados ostentan títulos académicos, pero poseen niveles de comprensión lectora sumamente bajos, comparables a los de un “australopiteco”. Según él, esta incapacidad para comprender y dialogar con los grandes maestros del pasado provoca que sus facultades intelectivas terminen “jibarizadas” por los manipuladores de la sociedad. No es muy distinto de lo que en su momento dijo María Elvira Roca Barea, autora de Imperiofobia y Leyenda Negra: “siempre han existido analfabetos, pero nunca antes habían egresado de las universidades”.

Los mismos jóvenes se dan cuenta del problema. En el diario El Mundo de España, el 18 de julio del corriente salió una nota titulada “La rebelión de los alumnos humanistas: "Estamos cansados de tanta inmediatez, tenemos sed de búsqueda de sentido"”. Y el copete de la noticia dice: “Resurgen las escuelas de pensamiento que preparan para "gestionar la incertidumbre"”. Es la rebelión de la naturaleza humana.

El problema alcanza su máxima gravedad cuando estas personas asumen la conducción política de las sociedades. Sin principios filosóficos sólidos, sin una concepción clara de que cosa es el ser humano y sin una perspectiva integral de la realidad, los gobernantes actúan motivados únicamente por el cálculo utilitarista, las conveniencias electorales o el temor a la incorrección política. En el pasado, los gobernantes se formaban con las lecturas de pensadores fundamentales como Platón, Aristóteles, Cicerón o Plutarco. Hoy, leen a Harari: ¿qué puede salir mal? El resultado, está a la vista.

 

3.     ¿Cómo restaurar la educación clásica?

A principios del siglo XX, muchos académicos observaron que la excesiva especialización universitaria estaba empobreciendo la enseñanza al alejar a los estudiantes de las grandes obras –y los grandes ideales- de la civilización occidental.

Por estos pagos, en el año 1900, José Enrique Rodó, denunció este problema en el “Ariel”, un discurso dirigido a la juventud a través de la figura del maestro Próspero, quien utiliza el simbolismo de La Tempestad de Shakespeare. Ariel simboliza la parte noble y alada del espíritu humano, mientras Calibán representa la sensualidad, la torpeza y el materialismo. Rodó advierte sobre los peligros de Calibán, exclusivamente enfocado en la prosperidad material, y exhorta a las nuevas generaciones a buscar un desarrollo armónico y completo que proteja la integridad de la condición humana frente a la especialización técnica.

En Estados Unidos, en 1909, en respuesta a este problema, se publicó la colección Harvard Classics. En 1921, el Prof. John Erskine lanzó un curso de Grandes Libros en la Universidad de Columbia, y posteriormente, en los años 40 surgió el Movimiento de los Grandes Libros en la Universidad de Chicago, liderado por Robert Hutchins y Mortimer Adler. Estos académicos publicaron en 1952 una colección de 54 clásicos, orientada a fomentar una educación liberal a través de la "Gran Conversación" de ideas y el uso del Syntopicon —un índice temático estructurado en torno a 102 "Grandes Ideas"— junto con debates en mesas redondas.

En 1971, tres profesores de la Universidad de Kansas, John Senior, Frank Nelick y Denis Quinn, fundaron el Programa de Humanidades Integradas (PHI) inspirados en esa experiencia, pero con características propias. El propósito de este programa era reconectar con la realidad a estudiantes que vivían en un mundo más bien artificial. ¿Cómo lo hicieron? A través de la lectura directa de clásicos griegos, romanos y medievales y el contacto frecuente con la naturaleza. De estos estudiantes, que entraron al programa fuertemente influidos por la cultura hippie, unos doscientos se convirtieron a la Iglesia Católica y unos veinte se hicieron monjes benedictinos.

A pesar de haber sido clausurado por enseñar que existen verdades objetivas, el PHI demostró un impacto perdurable, ya que parte del florecimiento actual de centros de educación clásica en Europa, Estados Unidos e Iberoamérica, se debe a él.

Una de las claves de este programa, era la educación poética. John Senior decía que hay que para restaurar la razón, es necesario empezar por educar el corazón. Lo primero, es despertar el amor por aprender.

Mientras preparaba esta charla, mi buen amigo el Prof. Roberto Helguera –de quien aprendí muchas de las cosas que les estoy contando hoy- me mandó un texto de Benjamín Lyda, en el que el autor, siguiendo los pasos de Senior, afirma que la educación clásica yerra cuando prioriza el pensamiento crítico y analítico antes de cultivar una relación gozosa con el saber a través de los sentidos, ya que sin el desarrollo del amor, la razón resulta débil.

Por eso, para nutrir el “suelo imaginativo” de los jóvenes, que Senior consideraba agotado por los métodos híper-analíticos y competitivos, propone ofrecer actividades concretas como la memorización de poesía, la observación astronómica unida a los mitos, la caligrafía y los cantos folclóricos.

James Taylor, alumno de Senior, define la “educación poética”, como un encuentro espontáneo, intuitivo y no analítico con la realidad a través de los sentidos y el intelecto. Es el conocimiento que nos proporciona ver –en vivo- a una ballena tirando su chorro de agua, el aleteo de un colibrí, el galope de un caballo o un espléndido paisaje.

Este enfoque afectivo y de primera mano, permite que la lectura de los clásicos se experimente con el entusiasmo de un enamorado y no como un mero deber académico. Y esto es de capital importancia, al punto que la ausencia de esta perspectiva poética en la juventud, puede atrofiar el sano desarrollo- de su racionalidad.

La diferencia fundamental entre el conocimiento analítico y el conocimiento poético, queda clara en Tiempos Difíciles, de Dickens, cuando una niña que convive con caballos y los ama, es incapaz de dar una definición científica del animal. Mientras tanto, un compañero suyo, es capaz de recitar de memoria los datos anatómicos fríos, pretendiendo explicar con ellos qué cosa es un caballo (cuadrúpedo, herbívoro, cuarenta dientes, etc., etc.). ¿Quién sabe mejor lo que es un caballo? ¿Quién convive con ellos y los ama, aunque no los sepa describir, o quien sabe enumerar sus partes? Parece obvio que el conocimiento más profundo y real del caballo, lo tenga la niña.   

El conocimiento poético está intrínsecamente ligado al amor, y por eso posee una capacidad pedagógica y terapéutica única. John Senior afirmaba que “la poesía comienza en el goce y termina en la maravilla; la filosofía comienza en la maravilla y termina en la sabiduría”. En términos camperos, podríamos decir que “al potrero de la razón, se entra por la portera del corazón”. Esta actitud es crucial al enfrentar la lectura de los clásicos.

 

4.     ¿Qué son los clásicos, y qué nos aportan?

Los clásicos, según el diccionario Merriman-Webster, son libros «que se cree que contienen las ideas básicas de la cultura occidental». Al comienzo del prefacio de la serie “Great Books of the Western World” de 1952, Robert Hutchins dice que «el camino de la educación pasa por los Grandes Libros», y que «ningún hombre puede considerarse educado sin estar familiarizado con las obras maestras de su tradición». Por su parte, Marcus R. Berquist —uno de los fundadores del Thomas Aquinas College en California, Estados Unidos—, decía que los “Grandes Libros” son «intrínsecamente mejores que la multitud de libros de textos que los han reemplazado en los planes de estudio», porque estos «son el resultado de las necesidades impuestas por la educación universal y sufren la dilución de contenido que inevitablemente caracteriza dicha educación».

De acuerdo con Italo Calvino, los clásicos son aquellos libros que nunca terminan de decir lo que tienen que decir, resultando siempre nuevos, inesperados e inéditos cuando se leen de verdad. Calvino señala además que descubrir una gran obra en la madurez representa un placer extraordinario, diferente, pero tan valioso como haberlo leído de joven.  

Un clásico es, además, una obra de una enorme riqueza tanto para quien ya lo ha leído, como para aquel que tiene la fortuna de saborearlo por primera vez en las mejores condiciones. Estas obras ejercen una influencia muy fuerte en quienes los leen, y a menudo se vuelven inolvidables y se meten en nuestra memoria fundiéndose con nuestro inconsciente.

Calvino, como Senior, Nelick y Quinn, recomienda leer directamente los textos originales, evitando los comentarios, las reseñas críticas y las introducciones, porque ningún comentarista nos dirá nunca algo más que el autor del libro. Esta es la forma –diría Senior- de conocer los clásicos de forma poética. Lo importante es leer los clásicos por amor. No por utilidad, sino por el gusto, por el placer de leerlos.

Por experiencia, puedo agregar que mucho mejor que leer un clásico sólo, que ya es algo muy bueno, es leerlo y comentarlo con otras personas que lo van leyendo casi al mismo tiempo. Es una experiencia completamente distinta, apasionante, fecunda, enriquecedora.

¿Qué nos aportan los clásicos? Creo que uno de los grandes motivos para volver a leer los clásicos hoy, es que nos ayudan a conocer mucho más profundamente nuestra naturaleza humana.

Nos muestran al hombre tal cual es: una mezcla de virtudes y vicios, de grandezas y miserias. Y además nos muestran —y demuestran— que nuestra naturaleza humana es inmutable; y que a pesar de los avances tecnológicos, no cambia. Comprender esta inmutabilidad de la ley natural es crucial, porque nos permite ver la realidad tal como es, y no como la interpretan las distintas ideologías en boga. Las emociones, alegrías, frustraciones y dilemas existenciales que experimentaban los héroes de la épica de Homero, de las tragedias de Esquilo o de la historia de Heródoto, son esencialmente los mismos que enfrenta el hombre de hoy.

En tiempos donde las mayorías creen que pueden decidir qué es lo bueno y qué es lo malo, los clásicos nos recuerdan que existe una ley natural que no depende del consenso humano, sino de la naturaleza misma de las cosas. Y en último término de la ley eterna.

En suma, actuar conforme a esta ley natural es lo que hace al hombre verdaderamente libre, pues la libertad no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en actuar conforme a la verdad de lo que uno es, conforme a lo que conviene a su naturaleza. Por ejemplo, corresponde a mi naturaleza caminar un par de kilómetros por día. Pero no corresponde a mi naturaleza, correr una maratón de 42 km., aunque sea libre de hacerlo.

En otras palabras, los clásicos nos hablan de verdades universales y objetivas que se han mantenido a través de tres milenios, o de comportamientos que trascienden el tiempo. Nos permiten observar cómo otros hombres enfrentaron problemas similares a los nuestros en diferentes épocas. Chesterton decía que un escritor clásico es aquel que realiza algo universal bajo una forma particular.

En la Ilíada, al final del capítulo primero, hay una escena en la que Zeus, el más poderoso de todos los dioses, respondiendo al pedido de la diosa Tetis -madre de Aquiles-, de favorecer a los troyanos, dice lo siguiente: “harás que me malquiste con Hera —su esposa—, cuando me zahiera con injuriosas palabras. Sin motivo me riñe siempre ante los inmortales dioses, porque dice que en las batallas favorezco a los troyanos”. ¡Al dios que impera sobre todos los demás dioses, su esposa lo riñe sin motivo delante de los demás dioses!

Mucho se ha discutido si Homero realmente existió o no, si era ciego o si veía, si fue un solo autor o varios. Lo que yo creo es que el texto que acabo de leer, lo escribió un varón casado, porque la escena refleja una realidad observable en casi cualquier matrimonio actual. Y han pasado más de 25 siglos…

Por eso, preguntas fundamentales como: ¿Qué es el hombre? ¿Quién es el hombre más feliz? ¿Qué significa la palabra amigo? ¿Qué es la justicia?, no son respondidas por los clásicos con definiciones teóricas, sino con magníficas historias que, como dicen los italianos, se non e vero, e ben trovato.

Además, los clásicos nos hablan desde una cosmovisión que integra lo material y lo inmaterial, lo visible y lo invisible, y por eso ayudan a anclar el alma en la realidad. Lejos de conformarse con reduccionismos estériles, los clásicos contribuyen a fortalecer nuestro sentido común al presentar lo bueno, lo bello y lo verdadero como realidades objetivas, separándolas de lo malo, lo feo y lo erróneo. La descripción de Polifemo en la Odisea no puede ser más espantosa. Pero casi nunca en los clásicos, lo malo está confundido con lo bueno, lo bello con lo feo y lo erróneo con lo verdadero. Por eso, los clásicos son un excelente antídoto contra las venenosas ideologías de moda.

En los clásicos también está presente con mucha frecuencia la idea de que la política es la forma más noble de servir a la patria, y de que el gobernante debe ser, ante todo, un hombre virtuoso. El contraste con la realidad actual es evidente, y demuestra a donde nos ha llevado el abandono de la educación clásica. Hasta Maquiavelo, a los futuros gobernantes se los formaba para que fueran modelo de virtud y buscaran por encima de todo, la felicidad de su pueblo. Por eso, leían a entre otros, a Plutarco, y sobre todo, sus Vidas Paralelas. A partir de Maquiavelo, empezó a primar el modelo utilitarista, que se centra sobre todo en la perpetuación en el poder a cualquier precio.

Finalmente, leer a los clásicos nos ayuda a entender que la primera batalla que debe ganar el hombre, y sobre todo el líder, es la batalla contra sus propias debilidades. Aquiles debió vencer su ira para volver a pelear y vencer a los troyanos.

 

5.     ¿Alcanza con los clásicos?

Si bien volver a los clásicos es necesario para restaurar el realismo, para preservar y ejercitar nuestra inteligencia natural, John Senior y sus colegas, procurando brindar un conocimiento poético integral, le agregaron algo más a la lectura comentada de los clásicos: el contacto frecuente de los estudiantes con la naturaleza. Los llevaban al campo y al mar. A andar a caballo y a mirar las estrellas. Los sacaron de su vida artificial, y les mostraron la vida real.   

El libro de la Naturaleza, al igual que los clásicos, no nos instruye: nos forma. No nos da explicaciones: nos interpela, nos invita a hacernos preguntas. La naturaleza no nos da conocimientos: nos permite descubrirlos para que podamos convivir con ella. Toda experiencia directa con la naturaleza, facilita a la inteligencia su adecuación a la realidad de las cosas. En la observación de una planta o de un paisaje, en la lluvia que cae o el sol que abrasa, no hay construcciones mentales o artificiales: todo es real. Frank Nelick, uno de los colegas de John Senior, no se cansaba de repetir a sus alumnos que las piedras son duras y el fuego quema. El contacto con la naturaleza, educa los sentidos.

Quien haya tratado con gente de campo, habrá podido comprobar que existe una “sabiduría de los sencillos”. Es una sabiduría adquirida a fuerza de leer en el libro de la naturaleza. Y entre otras cosas, permite a quienes la poseen, relacionar intuitivamente lo visible con lo invisible. Refiriéndose a esta sabiduría de los sencillos, Cervantes hace decir al Quijote que “los montes crían letrados y las cabañas de los pastores encierran filósofos”.

Y es que la naturaleza, es una herramienta de “conocimiento poético” que debe preceder a cualquier estudio académico formal. El contacto con la tierra, con el aire y con el sol, fortalece el cuerpo; pero también ayuda a crear unas excelentes defensas emocionales e intelectuales contra las ideologías dominantes. Me atrevería a decir que el contacto con la naturaleza fortalece el “sistema inmunológico intelectual”.

En esta misma línea, dice el Padre Leonardo Castellani en el “Romance de la Pobre Patria”:

“Más si yo tuviera un hijo le daría un buen caballo,

para huir de las escuelas, los pedantes y los diarios.

no le enseñaría a leer, mucho menos a escribir.

Lo mandaría a las estancias a soñar el porvenir,

y a aprender la única forma, digna, nuestra, de morir”.

Por supuesto que Castellani, siendo el intelectual que era, no está alentando la incultura. Lo que parece querer enfatizar, es el inmenso poder pedagógico de la naturaleza, que por ello, debe preceder al conocimiento intelectual.

La naturaleza es hoy, además, una especie de “búnker al aire libre”. El peligro real está en los espacios cerrados, iluminados tan sólo por la luz de las pantallas. El refugio contra semejante alienación, está afuera, en la naturaleza. Para preservar la razón, los niños y los adolescentes deberían dejar de mirar las pantallas y volver a mirar las estrellas. A nosotros, los adultos, también nos hace bien dejar de mirar hacia abajo, como esclavos, y volver a mirar hacia arriba, como hombres libres.

La contemplación de la naturaleza ayuda, además, a recuperar el ocio en sentido clásico del que hablábamos al principio. Es muy sano dedicar una pequeña parte de nuestro tiempo, a asombrarnos con la belleza de la naturaleza y con sus misterios. Contemplar la inmensidad del universo, considerar todo lo que no podemos controlar, nos ayuda a descubrir nuestra pequeñez y a crecer en humildad. Quien vive en contacto con la naturaleza, es más paciente, porque sabe que las estaciones, los cultivos y los ciclos reproductivos de los ganados, tienen sus ritmos… Y es mucho más consciente que el hombre de ciudad, de que él no es capaz de controlarlo todo.

Decía John Senior: “¿En tu búsqueda de horizontes, de cosas horizontales, has podido elevar tus ojos, tu mente y tu corazón hacia las estrellas... al Amor que mueve el sol y todas las otras estrellas?”.

Creo que no es posible contemplar la naturaleza, sin preguntarse por el origen de la perfección de todo lo creado. Y aunque este no sea el ámbito para dar respuesta a esa pregunta, sí puede ser el ámbito para planteárnosla.

 

6.     ¿Cuáles son las conclusiones principales de esta charla?

En primer lugar, concluimos que existe un fuerte contraste entre la educación clásica de la antigua Grecia y la Edad Media, concebida como un proceso de formación humana integral que se servía de las artes liberales para formar hombres libres, con la imposición de modelos educativos uniformes, utilitarios y mercantilistas, desde la Ilustración hasta nuestros días.

El abandono de las humanidades está produciendo profesionales más o menos deshumanizados que, a pesar de ostentar títulos académicos, con frecuencia carecen de pensamiento crítico, no están preparados para buscar el bien común en lugar de su provecho propio, y por lo general, son dóciles a las imposiciones ideológicas de agendas internacionales o intereses políticos espurios.

Incluso en los espacios donde el estudio de las humanidades sigue vigente, se suele cometer el error de aplicar el método científico para explicarlas, extirpando el deleite, la poesía, las buenas historias y el amor por la sabiduría. Disecar los clásicos como si fueran ratas, destruye la capacidad de los estudiantes para asombrarse ante la realidad y desarrollar su voluntad y su intelecto.

Si bien muchas universidades parecen haber dejado de buscar la verdad y la sabiduría para dedicarse a la enseñanza de habilidades comercializables, hay también un resurgimiento del interés por las humanidades y los clásicos.

Y es que los Grandes Libros son obras que contienen las ideas fundamentales de la tradición occidental, al tiempo que reflejan verdades universales sobre nuestra naturaleza humana, que es inmutable.

En su libro Historia Sencilla de la Filosofía, el Prof. Rafael Gambra cuenta que Bernard Shaw, había escrito que él creía en el progreso absoluto de la cultura, como en algo inconcluso. Era uno de los pilares de su pensamiento. Sin embargo, un día abjuró públicamente de su progresismo: había leído a Platón. “Si la humanidad ha producido tal hombre hace veintiséis siglos, obligado es confesar que la cultura no ha progresado en todos sus aspectos”, dijo Shaw.

Al hablar de lo bueno, lo bello y lo verdadero distinguiéndolo de lo malo, lo feo y lo erróneo, estas lecturas nos ayudan a comprender la realidad tal cual es, y nos enseñan que la libertad, no consiste en hacer lo que uno quiere, sino en actuar conforme a la verdad de la propia naturaleza. Por eso, son un excelente antídoto contra el relativismo y las ideologías de moda. Porque cuando de ideas se trata, lo que importa no es si son viejas o nuevas, sino si son buenas o malas.

Para restaurar la capacidad racional del ser humano, es necesario comenzar por educar el corazón con una educación poética, entendida como un encuentro afectivo, espontáneo e intuitivo con la realidad a través de los sentidos. Para ello, además de las buenas historias, es importante fomentar el contacto con la naturaleza, que viene a ser como un "búnker" contra la alienación de las pantallas. El libro de la naturaleza educa los sentidos, nos hace ser más humildes al mostrarnos el orden del universo y robustece nuestro "sistema inmunológico intelectual".

Si dejamos que los clásicos y la naturaleza nos asombren y nos llenen amor por la vida, el bien, la belleza y la verdad, podremos transmitir nuestro asombro ante la Creación a quienes nos rodean, y en particular nuestros hijos. Para que puedan desarrollar su sentido común y su pensamiento crítico, para que puedan ser personas física, intelectual y espiritualmente íntegras, plenas. Para que puedan volar alto y llegar a las estrellas. Y si es posible, aún más allá…

Muchas gracias



(1) Hola Álvaro, te felicito por el tema que elegiste para la conferencia de hoy. Con pesar te informo que no puedo comparecer en persona, pero me involucra vivamente el interés por lo que estás haciendo y quiero dejártelo establecido.

Vivimos en un tiempo donde el ocaso de los valores que hicieron grande a nuestra civilización es el botín que buscan alcanzar las fuerzas oscuras que operan en las sociedades contemporáneas, y deplorablemente en este desdichado andurrial en el que se ha convertido nuestra querida patria. Hay quienes aquí y con mucho poder trabajan empeñosamente noche y día para destruir la familia, la tradición, que buscan abolir la propiedad privada y quebrantar el imperio de la moral en los asuntos públicos y privados. 

Por eso es necesario, hoy más que nunca, que el pensamiento, el estudio y el llamado a la reflexión exigente encuentren su espacio. Es una más que buena ocasión tu sin duda calificadísima e informada charla  para que podamos honrar este compromiso.

FUERTE ABRAZO


RODOLFO M. FATTORUSO

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