sábado, 27 de agosto de 2016

ISLAM Y VIOLENCIA - Por Ricardo Calleja Rovira

Le escuché una vez a un profesor judío la siguiente explicación sobre la naturaleza de las principales religiones “monoteístas” (entre comillas pues es una descripción no muy adecuada):
  • El judaísmo es una religión política, pero no universal (la Ley se aplica solo en el estado de Israel, y no pretenden imponer a nadie sus mandatos fuera de allí, ni convertir a nadie).
  • El cristianismo es una religión universal -y por eso, “proselitista”- pero no política (como explicaba Benedicto XVI, el cristianismo siempre ha apelado a la razón y a la naturaleza para fundamentar la ley civil, y por tanto no implica un único régimen político confesional). Mientras este carácter no político se mantiene, el cristianismo es fiel a su genuino respeto a la conciencia;
  • El Islam, sin embargo, es una religión universal y política. Llamada a expandirse como una forma de sociedad (la umma) configurada por la ley religiosa (la sharía). Eso la hace potencialmente peligrosa.
Si además -esto ya es mío- la ley religiosa propugna el uso de la violencia para consolidar su régimen político universal (el califato) -quizá no los degüellos de sacerdotes inocentes, pero sí otras formas no menos explícitas-, entonces tenemos un problema muy gordo.

Desde nuestra perspectiva -que es la cristiana, pero también la de la razón ilustrada- una religión violenta es un contrasentido. Así lo recordó Ratzinger en su discurso de Ratisbona, citando un diálogo con el empezador bizantino Manuel Paleólogo:

Seguramente el emperador sabía que en la sura 2, 256 está escrito: «Ninguna constricción en las cosas de fe». Según dice una parte de los expertos, es probablemente una de las suras del período inicial, en el que Mahoma mismo aún no tenía poder y estaba amenazado. Pero, naturalmente, el emperador conocía también las disposiciones, desarrolladas sucesivamente y fijadas en el Corán, acerca de la guerra santa. Sin detenerse en detalles, como la diferencia de trato entre los que poseen el «Libro» y los «incrédulos», con una brusquedad que nos sorprende, brusquedad que para nosotros resulta inaceptable, se dirige a su interlocutor llanamente con la pregunta central sobre la relación entre religión y violencia en general, diciendo: «Muéstrame también lo que Mahoma ha traído de nuevo, y encontrarás solamente cosas malas e inhumanas, como su disposición de difundir por medio de la espada la fe que predicaba».[3] El emperador, después de pronunciarse de un modo tan duro, explica luego minuciosamente las razones por las cuales la difusión de la fe mediante la violencia es algo insensato. La violencia está en contraste con la naturaleza de Dios y la naturaleza del alma. «Dios no se complace con la sangre —dice—; no actuar según la razón (συν λόγω) es contrario a la naturaleza de Dios. La fe es fruto del alma, no del cuerpo. Por tanto, quien quiere llevar a otra persona a la fe necesita la capacidad de hablar bien y de razonar correctamente, y no recurrir a la violencia ni a las amenazas… Para convencer a un alma racional no hay que recurrir al propio brazo ni a instrumentos contundentes ni a ningún otro medio con el que se pueda amenazar de muerte a una persona».[4]

El cristianismo es la primera religión no violenta -y probablemente la única, como ha explicado tan bien René Girard- pues renuncia al mecanismo del chivo expiatorio. Es también -y en esto escuchamos a Ratzinger- la primera y única religión que pretende ser “verdadera”, en el sentido de que propone una verdad para el intelecto (una verdad performativa, no meramente informativa) y no solo ni principalmente unas reglas rituales y de comportamiento.

(Evidentemente el cristianismo como fenómeno histórico ha recaído en formas arcaicas de religiosidad, violentas e irracionales, o en formas de cesaropapismo, pero tiene dentro de sí la cura para esas enfermedades).

Corremos el riesgo de proyectar nuestra insistencia en la verdad y en el amor como si fueran elementos de toda religión, y descubrirlas allí donde sencillamente no están presentes. Es verdad: son el contenido esencial de toda verdadera religión, y resuenan en el corazón de cualquier hombre o mujer. Pero resulta que no todas las religiones son verdaderas, ni pretenden serlo. Por tanto, quizá debamos ser más explícitos y decir una de estas dos cosas: que algunas formas culturales que llamamos religión, no son religión, al menos no en sentido pleno. O que el cristianismo no es en realidad una religión (que es lo que ha pensado la tradición cristiana de toda la vida). Pero entonces habría que revisar nuestra noción de libertad religiosa.

Dicho esto, y para no caer en radicalismos o enfados con la autoridad, conviene recordar que quienes están en posiciones de gobierno -a diversos niveles, civiles o eclesiásticos- tienen la responsabilidad de moderar su lenguaje para evitar males mayores o lograr ciertos objetivos políticos al servicio de la paz. No es su tarea ofrecer análisis intelectuales, pues la lucidez de la razón puede resultar políticamente explosiva y eso no ayuda. Ciertamente nadie puede decir lo contrario de lo que piensa con intención de engañar. Pero hay que reconocer la necesidad de modular las declaraciones sobre el Islam, a la vez que se cultiva una toma de conciencia ajena a confusionismos sentimentales y a proyecciones de nuestros propios prejuicios.

Por eso se explica que un Ratzinger dijera que Turquía no podía ser parte Europa, pero como Benedicto XVI se mostrara amistoso con la posibilidad de que se integrara en la UE, siempre cumpliendo ciertas condiciones. O que un Benedicto XVI hiciera un discurso clarividente en Ratisbona apuntando la incompatibilidad de razón y violencia en el Islam, pero luego tuviera que moderar sus declaraciones y ejercer la diplomacia vaticana.

¿Es posible un Islam “moderado”? Desde luego no sería el Islam que fundó Mahoma, ni el que ha conquistado con la espada medio mundo y puesto en jaque a la civilización occidental en numerosas ocasiones… sino una interpretación “bíblica o judeocristiana” o acaso “ilustrada” de los contenidos del Corán. No sé si eso es posible desde el punto de vista normativo. Pero desde luego hay millones de musulmanes “moderados” en la práctica. Y viviríamos más tranquilos si todos fueran así. Es un cambio que solo puede darse desde dentro y que quizá se dificulta con el afán expansionista de la ideología liberal occidental (que es también universal y política). ¿Qué podemos hacer nosotros además de poner la otra mejilla, para no exacerbar el islamismo pero a la vez salvar nuestras sociedades?

No mucho, me temo, pero está bien que alguien lo intente. Que Dios nos pille confesados.

Y lúcidos.

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