jueves, 6 de marzo de 2014

DISCURSO DE DESPEDIDA DEL SECRETARIO GENERAL DE CIVILITAS-EUROPA COMO CATEDRÁTICO DE LA UNIVERSIDAD DE NAVARRA

Excmo. Sr. Rector Mgfco.
Excmas. Autoridades
Miembros de la corporación universitaria
Señoras y Señores

Agradezco de todo corazón a la Facultad de Filosofía y Letras, en particular al Departamento de Filosofía, y al Instituto “Empresa y Humanismo” el honor que me hacen con este homenaje, así como al Excmo. Sr. Rector por haber querido presidirlo.

De modo especial también a los organizadores: Montserrat Herrero, Raquel Lázaro, Alfredo Cruz, Alejandro Martínez, Agustín González Enciso, Marina Martínez, Claudia Osinaga, y la ayuda de María Jesús Nicolay y Raquel Goñi.

Igualmente a los que han intervenido con sus palabras en este acto: los ya citados Montserrat Herrero y Agustín González Enciso, más Carmelo Vigna y Juan Arana.

A todos ellos quiero decirles simplemente que no tengo palabras suficientes para manifestarles mi deuda.

Deseo añadir que mi agradecimiento se dirige también a Navarra, a Pamplona y a toda la Universidad de Navarra. Es un lujo haber podido vivir y trabajar aquí.
                                     
Puesto que para vivir en plenitud la vida humana es menester aprender a agradecer todo, un acto como este es para el que lo recibe un regalo muy especial. Lo es porque en él resulta muy fácil dar las gracias –lo que no siempre sucede-, y porque además tiene un efecto multiplicador: en efecto, te hace agradecer que te den la oportunidad de agradecer.

Ejercer la filosofía significa intentar tener de continuo el espíritu atento, despierto a la realidad que siempre nos rodea y nos antecede. Caer en la cuenta de que cada momento de la vida es una invitación a la que podemos responder o no, y hacerlo bien o mal. Responder bien es lo mismo que agradecer, pues cuando aceptamos con ese espíritu incluso la contradicción, aprendemos, crecemos como humanos, y en vez de sufrir quejándonos nos gozamos en el aprendizaje.

Filosofar es agradecer, puesto que es amar el saber y el caminar dentro de él, lo cual hemos de llevar a cabo en diálogo con las personas amigas. Como es bien sabido, amar no es otra cosa que agradecer de verdad la existencia de alguien o, en cierto modo, de algo.

Por eso se afirma desde antiguo que todo ser humano es naturalmente filósofo,  pues puede y debe ejercer la filosofía si no quiere perder el tiempo de su vida sin haber llegado a vivirla humanamente.

El que aprende a agradecer recibe ya por ello un premio primero y significativo: no perder el tiempo, no perder trozos de su vida, rescatar la extensión de ella. Pero recibe más, ya que dado que amar es el acto vital por excelencia, el otro premio es rescatar también su intensidad.

Platón nos enseñó, y el cristianismo lo aclaró definitivamente, que quien quiere puede quizás fallar, pero es imposible que falle el amor mismo. Ahí está la gran dificultad y ahí aparecen esos enemigos poderosos que son nuestra debilidad y las estrecheces a las que nos someten el espacio y el tiempo.

Eso explica que la vida del que quiere agradecer vaya siempre acompañada por el barroco “bajo continuo” del sufrimiento: dolor por no saber, por no poder y por no ser capaz de agradecer como se desea.

He ahí mi problema, muy especialmente en este día. Querría mencionar una por una a cada persona –y son tantas- y a cada institución a las que debo mi vida y, por tanto, mi vida universitaria, y no es posible aquí y ahora. Espero poder hacerlo por escrito.

Siento que he tenido una inmensa suerte por la cantidad y –sobre todo- la calidad de las personas que he tenido ocasión de tratar: familia, maestros, colegas, alumnos, compañeros de trabajo y otros amigos, de ninguno de los cuales he sido capaz de aprender tanto como me ofrecían. Para que estas palabras no sean demasiado desencarnadas, mencionaré unos pocos nombres que pongo aquí como representativos de todos y de todo lo que debo.

¿Qué es agradecer sino “dar a luz” una respuesta a la invitación recibida, mediante el propio “trabajo” de atender y decir? Al responder doy a luz con trabajo una palabra que no estaba antes. De San Josemaría, figura tan amable, simpática y excepcional, aprendí que Jesucristo realizó lo que Sócrates buscó genialmente sin poderlo encontrar. Amar el saber en diálogo con los amigos es muchísimo, pero aún no llega al último fondo, porque el saber no es idéntico con la persona amiga y el diálogo es sólo ocasional y teórico, sin extenderse a la totalidad trabajosa y sufriente de la vida.

San Josemaría me hizo ver que en Jesucristo se une el saber –el Logos, la Palabra- con la persona, y el trabajo con la palabra. No soy un modesto socrático por casualidad.

De mis padres y hermanos, maravillosos, aprendí la filosofía política. Cuando se ha vivido en una familia de verdad resulta imposible aceptar que la sociedad esté formada a partir de individuos, como sostiene la modernidad política; más aún, resulta imposible aceptar que alguien pueda desarrollar su propia personalidad sin la centralidad de la vida familiar. En la familia se llega a ser libre en la vivencia de lo común, y a venerar el pasado mientras se mira creativamente al futuro. Mis padres y hermanos, por tanto, son “culpables” sin saberlo y sin quererlo, de lo que ha supuesto una permanente dificultad en mi años universitarios: sostener que libertad, bien común, respeto de cada persona veneración del pasado, y entusiasmo por el futuro no se pueden generar a partir de las bases de la filosofía política, jurídica y económica hoy vigente en Occidente.

La carrera universitaria se la debo principalmente a mi inolvidable maestro Antonio Millán-Puelles. No se da con frecuencia una personalidad como la suya. Pensador profundo, sumamente riguroso, sin concesiones a la galería, y a la vez de gran sencillez y de simpatía extraordinaria. En la filosofía española de la segunda mitad del siglo XX quizás desaparezcan algunos nombres que estuvieron de moda. El suyo, en cambio, aparecerá cada vez más. De él intenté aprender esas virtudes ahora mencionadas, y también inspirarme en su creatividad genial, de la que nunca presumía; al contrario, entre tantas cosas que recuerdo de él, tengo presente su afirmación: ojalá pudiera añadir de verdad un alfiler a la gran tradición del saber filosófico.

Fundamos con gran entusiasmo Empresa y Humanismo, como Seminario Permanente, en abril del 86. D. Luis Mª Ybarra, Alejandro Llano y Tomás Calleja fueron entonces y siguieron siendo luego piezas principales, que me introdujeron con su gran saber en un mundo para mí poco conocido y de enorme interés y relevancia como era la empresa y su dirección. A partir de su conversión en Instituto Universitario con Patronato propio, fue D. Enrique de Sendagorta nuestro Presidente. Enrique Sendagorta me mostró como se puede ser al mismo tiempo un empresario de enorme fuerza, un apasionado humanista y un exquisito aristócrata del espíritu. El Instituto tuvo y tiene en él un ejemplo encarnado de su filosofía constitutiva.   

Las Instituciones a las que principalmente he tenido el honor de servir han sido la Universidad Complutense, la de Navarra y –dentro de ella- la Facultad de Filosofía y Letras y el Instituto Empresa y Humanismo. De todas ellas guardo los mejores y más agradecidos recuerdos.

Repetidas veces he relatado la pequeña historia del encuentro de mi familia con San Josemaría, en Roma, en junio del 71. La cariñosa broma que hicieron mis hermanos sobre mis presuntos intereses culturales, fue aprovechada por San Josemaría para decir: he escrito que primero es la ciencia, por encima la cultura y arriba del todo la sabiduría. No he dejado nunca de meditar esas palabras.

No me cabía ni me cabe duda de la alta estima en que él –como también yo- tenía a la ciencia. No me parece, de otra parte, que entendiera la cultura como mera erudición, como “saber muchas cosas”. Entendía la cultura –así lo pienso- como el nivel del saber en el que la multiplicidad puramente objetiva de lo científico adquiere vida unitaria en el sujeto. Saber es unificar o ver la unidad. Y ninguna síntesis científica es capaz de dar unidad a nuestro saber, no ya solo porque el ejercicio científico no refiere explícitamente al sujeto, sino porque no es posible una “teoría total” o “unitaria” en el plano objetivo.

Así pues, son los hábitos que el sujeto puede adquirir: con respecto al pasado el de “historiar”, con respecto al presente el de “filosofar”, y con respecto al futuro el de “lingüistizar”-pues estructurar u organizar es hacer una “lengua”-, los que hacen culta a una persona.  En la Facultad de Filosofía y Letras se hace ciencia histórica, filosófica y lingüística, pero el fin principal del cultivo de esas ciencias en la Facultad es el de generar esos hábitos en sus estudiantes, para que ellos puedan expandirlos a toda la sociedad. Lo que representa y simboliza la Facultad de Filosofía y Letras en una sociedad es la cultura, y la formación humana que ella comporta.

El actual descuido de las Humanidades no sólo rebaja gravemente la calidad de las personas, sino que dificulta en gran medida la vida social. En efecto, el Humanismo es un “Societarismo”, una persona sin auténtica cultura personal no es capaz de generar sociedad ni de encontrarse a sí misma.

Y aquí está la clave de “Empresa y Humanismo”. Una empresa y un empresario, una organización o una institución en la que una verdadera cultura no impregne la vida y, de modo particular, la del directivo, no puede dar a luz –a pesar de las apariencias- más que una sociedad rudimentaria.

Era preciso, por tanto, que los llamados “humanistas” salieran de su burbuja de meros investigadores teóricos de temas particulares, y que los actores de la sociedad vencieran el pragmatismo obsesivo de la búsqueda inmediata de meros resultados. Es decir que, en el ejercicio del diálogo, ellos se encontraran en la vivencia de la cultura verdadera, que es pieza imprescindible para la construcción de la sociedad civil.

Este proyecto, tan sencillo y por eso de tan difícil comprensión en un mundo que ha perdido la grandeza de la verdadera ingenuidad, es una novedad absoluta. Su desarrollo puede propiciar, entre otras cosas relevantes, dos que me parecen cruciales: una, volver a hacer que exista la institución universitaria, hoy muerta en todo el mundo, pues las Universidades son meros conglomerados de Facultades y Departamentos, sin unidad alguna y, por tanto, sin vida; y otra, que la institución universitaria tenga una relación viva y directa con las otras instituciones sociales en el plano del espíritu, la cultura y la común responsabilidad de construir una sociedad civil auténtica.

Tanto la Facultad de Filosofía y Letras como el Instituto Empresa y Humanismo tienen, a mi modo de ver, un sitio privilegiado en la realización de algo imprescindible y hoy casi desconocido: la construcción de una unidad que no sea sólo exterior, ya que lo meramente exterior es superficial.

La superficialidad no es cristiana, escribió el Fundador de esta Universidad, para el cual, a su vez, la “unidad de vida” era concepto clave. Karol Wojtila –Juan Pablo II- por su parte esperaba que el próximo siglo, en el que ya estamos, fuese el de la unidad del saber pues –escribió- sin unidad del saber la persona no puede vivir su unidad de vida. Siempre he pensado que al escribir esto tenía “in mente” a San Josemaría.

Esa unidad tiene su último anclaje en la sabiduría de la fe. Si crear es poner el ser desde nada, creer es agradecer que desde nada alguien me regala el ser. De ahí la sorpresa: crear y creer tienen casi la misma omnipotencia. Por eso el que espera desde la fe, contra toda duda y dificultad alcanzará el fin futuro; el que confía desde la fe, conseguirá que se borren sus faltas pasadas gracias al perdón; y el que agradece desde la fe gozará –como yo ahora- de la indestructible amistad de los amigos.

Rafael Alvira 

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