viernes, 16 de diciembre de 2011

NACIONALISMO Y LATINOAMERICANISMO


Discurso pronunciado por Wilson Ferreira Aldunate, al cerrar el seminario internacional sobre Nacionalismo y Liberalismo en el mundo actual, organizado por el CELADU en los salones del Banco Central del Uruguay (1987).

Señor Ministro, Señoras y Señores: voy a ser muy breve.

No voy a poder hacer lo que pensaba realizar, pues creía que el sentido de mis palabras tenía que estar dirigido a resumir lo que aquí se había expuesto, tratar de hacer un balance y extraer las conclusiones de las deliberaciones. Desdichadamente esta gripe de moda me ha impedido estar en la totalidad de las deliberaciones, aunque tengo referencia muy precisa del alto nivel de los debates y del tenor de las exposiciones que se formularon. Lo cual por un lado es muy alentador, pero por otro lado también aumenta alguna de las perplejidades que normalmente aquejan a los que, defínanse o no como liberales, siempre invocan la condición de tales.
En alguna otra ocasión he dicho que los liberales tienen hoy en el mundo un problema de identidad, de descubrir qué son, qué piensan, qué es lo que realmente los caracteriza, porque aquí se han oído exposiciones que parecen traducir posiciones absolutamente contrapuestas en cuanto a la visión de la sociedad, las relaciones internacionales, la función de los gobiernos y entonces lo primero que tenemos que tratar es de descubrir si a pesar de estas contradicciones, que son muchas veces muy profundas, hay algún factor común que permita englobar, o asimilar a todas. ¿Qué son los liberales, o que somos?, porque me considero, en cierto modo que luego trataré de precisar, integrante del conjunto.

El tema del coloquio son las relaciones entre el liberalismo, la democracia el nacionalismo, en referencia al mundo actual. Es poco menos que decir que aquí se reúne un montón de gente para hablar de política, porque esos temas son el centro de todos los problemas políticos, que no pueden ser dilucidados sino en función de la respuesta que demos a estas interrogantes. Aún el desafío de todos los ismos que andan por ahí, comunismo, socialismo, todo eso, no puede tener respuesta adecuada, sino a la luz de lo que contestemos a estos dilemas que aquí se nos plantean, y la primera cosa que uno descubre es que estas expresiones, tanto la de nacionalismo como la propia de democracia y desde luego el concepto de liberalismo, despiertan resonancias y tienen significados absolutamente diferentes según el área geográfica donde se ubiquen.

No es, claramente (durante mis doce años de exilio, lo descubrí con intensidad manifiesta) no es lo mismo ser nacionalista en América Latina, que ser nacionalista en el hemisferio Norte. Yo tenía que explicar mi condición de nacionalista para que se me recibiera bien; son cosas muy distintas en América Latina, en Europa, en Estados Unidos, aún en el mundo socialista. Lo que pasa es que las ideas, como los vinos, en general viajan muy mal, y agrego, sin poner excesivo énfasis en la referencia que esto pudiera encerrar, que dentro de los vinos, entre los tintos y los blancos, los blancos son los que viajan peor. Muy a menudo y sobre todo cuando el transporte hace cruzar el Ecuador, del vino queda todo y lo único que llega es la etiqueta, y aún a veces la etiqueta que no ha viajado, la autóctona, poco o nada tiene que ver con el contenido del envase.

Oigo algunas invocaciones liberales y la primera reacción, debo confesarlo, es decir “yo eso no soy”, eso que estoy oyendo yo sé que no soy, antes de analizar concretamente donde radica la diferencia. Los liberales han cometido a mí juicio un primer error, y quizá no sea un error sino una consecuencia inevitable, de definirse por la negativa. Han hecho esto a que acabo de referirme, han propagado lo que no comparten y entonces uno llegaría a una conclusión bastante desoladora: en algunas exposiciones, en algunos planteamientos uno termina descubriendo que ser liberal significaría compartir el mismo afán de libertad que algunas tendencias u orientaciones políticas, pero no tanto; tratar de buscar soluciones de justicia como algunas otras orientaciones políticas y filosóficas. Eso es evidentemente poca cosa; podrá definir pragmáticamente el modo de actuación de un partido político concreto en una sociedad o en un momento también concreto, pero no puede servir para definir una orientación político-filosófica, una doctrina, o para despertar o señalar similitudes de pensamiento. No creo que ningún liberal del mundo se conforme simplemente con que se le considere integrante de un grupo de buenos señores muy razonables que tratan de mantener los equilibrios y de evitar las exageraciones.

Debajo de estas tres palabras: Liberalismo, Democracia, Nacionalismo, se esconden y se han escondido, todos los sabemos, trágicos equívocos. Han servido para impulsar en gran medida el progreso humano y han servido también para provocar catástrofes de las cuales el mundo todavía no se ha recuperado y agréguenle el hecho de que , al final de cuentas, se advierte que quienes con más énfasis anuncian o creen indispensable anunciar su condición de liberales son precisamente los que no lo son. Nosotros tuvimos un Ministro de Economía, al comienzo de la dictadura, que fue y sigue siendo portavoz de lo que se autocalifica como cierta forma de doctrina liberal. Ese señor, en una exposición muy razonada, muy fundada nos decía que esta doctrina económica liberal que él preconizaba había podido aplicarse en el Uruguay porque había una dictadura, porque sin dictadura no hubiera funcionado. ¿Se dan cuenta?, no necesito analizar una tesis que invoca el liberalismo precisamente para negarlo.

Durante el régimen dictatorial que padeció el Uruguay, en nombre de un presunto liberalismo, se conculcaron absolutamente todas las libertades y se aplicó en lo económico un régimen que declaró la absoluta libertad de mercado. La sola fuerza del mercado iba a lograr el equilibrio de la economía, todo era libre, todo menos el salario. Es absolutamente imposible derivar, parece disparatado derivar, una doctrina política de una doctrina económica. Los marxistas lo han pretendido sin éxito y se sabe con qué resultados. La inversa podrá ser cierta, podrá reflejarse en una política económica, una determinada doctrina, una tesis política, pero en el otro sentido no.

Quería señalar y me parece importante, que las ideas no son algo que flote ahí en el ambiente, sin ninguna referencia con la realidad. Una ideología está referida a un contexto geográfico y a un contexto histórico y si no, no puede ser ni siquiera concebida. Por lo tanto, haré un esfuerzo por sobre todo a quienes nos hacen el honor de visitarnos, procedentes de otros sectores geográficos, por decir que esto de ser liberal y ser nacionalista y ser demócrata para u latinoamericano y específicamente para un uruguayo que no tiene por qué ser la misma cosa y no es la misma cosa para quien invoque las mismas ideas en otras latitudes.

Liberales en el sentido de tener la obsesión de la libertad, somos absolutamente todos; no creo que aquí haya nadie que no venga de un país cuya Constitución no pose sobre una concepción iusnaturalista. Todas las Constituciones de nuestros países recogen la herencia que viene de las declaraciones de derechos y Constituciones de los Estados Unidos, y para nosotros, muy concretamente de la Constitución de Cádiz, que es una de las cosas más locas y maravillosas que pueda recordarse. No consagran ni otorgan derecho alguno; simplemente se limitan a reconocer en las personas derechos preexistentes. Los individuos son personas precisamente porque tienen derechos que no les han sido otorgados por el sistema jurídico, sino que éste simplemente reconoce. Hice recién referencia a la Constitución de Cádiz, que es uno de los documentos más maravillosos de la historia del mundo. No me canso de recordar que la Constitución de Cádiz establece como obligación jurídica de los españoles, ser justos, generosos y benefactores. Los obliga a ser benefactores, generosos y justos. Y cito esto porque es en este ambiente, en este clima que nacieron nuestras nacionalidades. Nuestro siglo XIX empieza en esta eclosión que nos viene de allí y en la medida en que aparecen entonces nuestros estados nacionales, se traduce en un ingrediente nacional, nacionalista, de una tremenda intensidad sin el cual no se puede entender absolutamente nada de los demás.

Oía recién al profesor Seibt decirnos que Alemania hoy cultiva un “low key nationalism”. Pues bien: el nuestro es cada vez más “big key” y tenemos el deber de que sea más “big key” por razones fácilmente comprensibles. El proceso de América Latina es en cierto modo paralelo y a la vez distinto al de Europa.

Nosotros vamos de la unidad inicial, del régimen virreinal a la dispersión. Bolívar decía que iban a aparecer aquí quince o diecisiete Estados. Se equivocan los que creen que soñaba únicamente con el gran Estado universal latinoamericano: no, era un realista que comprendía perfectamente que las disimilitudes y los problemas que nos aquejaban en el inicio se traducirían en la aparición de estos mismos estados que reflejaban las viejas fronteras de Reales Audiencias y Capitanías y  Gobernaciones. Sí sostenía, naturalmente, simultáneamente, la existencia d una comunidad histórica y cultural original; decía: no somos ni indios ni europeos. A la cristiandad indiana de los siglos XVI y XVIII suceden estas naciones-estados que aparecen.

Algunos hablan de balcanización del continente, yo me niego categóricamente a hablar de balcanización; es un grave error porque no hubo esa dispersión pragmática sino simplemente el reconocimiento de una realidad y además porque hablar en sentido peyorativo de la balcanización, es poco menos que sostener la necesidad histórica de preservar el Imperio Austro – Húngaro. Pero eso es otra cosa.

Estos estados nacen a la luz conjugada de estos factores que ni siquiera se atinan a separar doctrinariamente o en los hechos. La nación, la democracia, la libertad son una misma cosa y creo que la causa de la mayor parte de los males es este afán dispersador que trata de analizar separadamente y muchas veces como fórmulas antitéticas nacionalismo, liberalismo y democracia. Nosotros, por lo menos aquí desde nuestro ángulo geográfico, creemos que no se pude ser sino todo eso simultáneamente, porque si no, no se es ninguna de las tres cosas.

El nacionalismo nace como una afirmación igualitaria contra los privilegios, las castas, las aristocracias, todas las supuestas jerarquías de sangre o de herencia, y así lo dicen nuestras propias Constituciones a veces con las mismas palabras que termino de utilizar. De modo que aquí el nacionalismo nace democrático, nace esencialmente democrático, y nace liberal. La democracia es la condición indispensable para que exista un régimen de libertad, pero no basta que formalmente exista para que la libertad quede asegurada. Y entonces la nación para nosotros no era un hecho natural; implica una voluntad libre de convivencia, de proyecto de futuro, de consenso entre libres, aún en las doctrinas contractualitas, que para nosotros no son solo Rosseau, sino también Suárez y Santo Tomás: no hay auténtica sociedad sin consentimiento, es decir, sin libertad. La sociedad de hombres es una sociedad de libertad y esa es la grandeza de la idea liberal. Ahora bien: para que estos tres factores se conjuguen, hay un elemento amalgamador que es la herencia judeo-cristiana. Ella introduce el elemento que cohesiona, interpreta y hace uno los tres factores, porque introduce ahí no al individuo sino a la persona humana como eje, como centro, como protagonista de la historia. Que no la sufre sino que la construye, que la hace como protagonista y destinatario de la historia.

La historia de América Latina desde la Independencia, ha sido permanentemente la historia de esa interrelación. Con continuados fracasos; hemos visto nacionalismos idólatras, hemos visto enfrentamientos de liberales contra la democracia y viceversa, hemos visto cristianos contra las democracias, pero la historia conduce inexorablemente a conjugar todos los factores simultáneamente. Tengo la impresión de que incluso los socialismos se miden por esta conjugación de los cuatro factores. ¿Y que tiene que hacer aquí el nacionalismo como factor fundamental? Es lo que, a veces con desesperación, queremos hacerle comprender a la gente del hemisferio norte. Nosotros somos cada día más nacionalistas, les reitero lo que dije, “big key”, porque no podemos darnos el lujo de ser otra cosa, porque es la condición indispensable para nuestra sobrevivencia como estado y para la preservación de nuestra identidad.

Decía Herman Heller que la idea nacional es la justificación del estado por el pueblo individualizado en una comunidad de cultura. Y esto es verdad siempre, para cualquier estado, pero permítanme que haga una referencia a mi pequeño país, esto es mucho más verdad que para cualquier otro, para este nuestro pequeñito Uruguay. Cuando durante los años de la dictadura yo recorría el mundo denunciando que se ayudara a esta pequeña tierra a defenderse de esa agresión, repetía que una dictadura siempre es trágica para cualquier rincón del mundo, pero más para el Uruguay, que no veía amenazado solamente su régimen de convivencia, sino que veía amenazada su propia posibilidad de sobrevivir como estado, como nación. Ponía siempre el mismo ejemplo: Dios puso una cordillera y por lo tanto hay Chile, con Pinochet, sin Pinochet, hay Chile. Hay países que se definen por su tamaño. Hay países que se definen por lenguaje o por la raza de su gente, o por el color de la piel de sus habitantes. ¿Quién se atreve a distinguir por la cara a un uruguayo de un argentino? y ¿quién se atreve a diferenciarlo por su modo de hablar?, y para frontera Este-Nordeste, trazada a lápiz casi como una línea recta en el mapa que además fue bajando hacia el sur en la medida que nosotros éramos los más pequeños, bueno, la frontera no proporcionaba elementos geográficos definidores. Entonces uno dice “¿pero que esto de ser uruguayo?”.

Bueno, es eso a que acabo de referirme, es sentirse integrante de una comunidad espiritual. ¿Hecha de qué? De la conjugación de estos valores. Que cultivaron todos los uruguayos hasta el punto de que terminaron atrapando aún a los que querían destruirlos, obligándolos a simular. Aquí tuvimos una dictadura que se ejercía para defender la representatividad, para mantener las libertades; disolvieron el Parlamento pasa asegurar la voluntad popular. En el fondo eran homenajes permanentes que iban rindiendo a lo que querían destruir, en cuanto era la esencia de la nacionalidad. Pero si nosotros permitíamos que eso se destruyera, lo que estaba en riesgo entonces era la propia sobrevivencia d de un país que no tiene otro modo de definirse que en función de esos valores.

Somos nacionalistas y cada día lo seremos más, por una sencilla razón muy simple y es que somos uruguayos. Es muy fácil ser estadounidense o ser alemán o japonés. Es facilísimo, lo difícil es ser uruguayo, lo difícil es ver ahondarse la sima tecnológica que nos separa de los países centrales y saber que inexorablemente ella se irá profundizando a menos que sobrevengan cambios que nadie puede prever en un futuro más o menos próximo y que son imposibles si no se altera totalmente la índole de nuestras relaciones con los países centrales. Nosotros somos un país con población escasa y que hemos hecho un enorme esfuerzo en materia educativa, pero exportamos gente. Es lo único que exportamos bien y claramente. El uruguayo educado o con formación semi-profesional es lo único que no paga altos aranceles para ingresar al hemisferio norte. Entonces, como no reconocer que para nosotros la idea misma de libertad no se concibe sino vinculada, metida dentro de la defensa casi desesperada de la identidad nacional.

Para nosotros todo esto no es más que la reiteración de un ideal común y naturalmente esto plantea el otro problema que aquí se discutió el otro día: ¿cómo esta gente tan afirmada en esta defensa de su Patria Chica, concilia esto con la integración? Y si: no solamente lo concilia, sino que cree que una cosa va inexorablemente unida con la otra. En su origen aquel proceso, también en cierto modo paralelo y a veces distinto del europeo. En su origen América Latina exhibe más nítidamente que Europa el espacio cultural común. Viene luego la dispersión, y estamos ahora en la etapa que a algunos sorprende por su intensidad, que es grande, de recomposición de la unidad. Lo que queremos es reconstruir aquel núcleo común originario, y ello hace que todo nacionalismo uruguayo, argentino, boliviano, brasileño, sea necesariamente latinoamericano. No hay modo de ser patriota de patria chica si no se es simultáneamente y por eso mismo patriota de la gran patria común latinoamericana. Quizás los uruguayos fuimos los últimos en entenderlo en América Latina. Los uruguayos y los argentinos. Nos vanagloriamos, pasábamos el aviso cada vez que nos presentaban a alguien diciendo: “mire que nosotros somos diferentes a los demás, allá no hay indios” (cosa que además es mentira), “nuestra población es totalmente europea”.

Tuvieron que llegar los tiempos duros para que por la vía de las solidaridades nos reencontráramos con el viejo tronco. En Europa, el problema es un poco diferente en cuanto lo que Europa tiene que hacer es trascender sus viejos nacionalismos. Debe construir una unidad supranacional. Nosotros, en cambio, lo que tenemos que hacer es ahondar nuestro nacionalismo para reconocernos en América latina. Los nacionalismos de encierro, los nacionalismos de aldea, no es que sean malos: es que no son nacionalismos.

El nacionalismo cobra sentido solamente en función de la universalidad que realiza. Hubo entre nosotros quienes, a mitad de camino entre los viejos sueños y las realidades de hoy, conservaron en las circunstancias más adversas el sentido iberoamericano de nuestras raíces comunes, de las solidaridades cordiales, de la fidelidad a la memoria y los uruguayos que están aquí saben que estoy pensando en Luís Alberto de Herrera, quien hizo como nadie el esfuerzo de acompasar esos cuatro valores esenciales que son nuestra común medida, el amor de Herrera por la patria chica le hizo el político nacionalista más latinoamericano de todos los nuestros de este siglo. Creo que lo que tenemos que comprender todos y sobre todo lo que tienen que comprender nuestros amigos del hemisferio Norte, es que tienen que ayudarnos a superar lo que conduce inexorablemente a un estallido de alcance incalculable. A veces parecería que los políticos del otro hemisferio se equivocan en localizar los factores de estallido y no advierten claramente que no es solamente una ojiva nuclear lo que puede destruir el mundo. A veces la explosión social que ocurriría en la retaguardia y ocurrirá aunque queramos evitarla todos, si no se crean las condiciones que la hagan imposible, puede tener consecuencias aún más graves que el otro riesgo de holocausto que normalmente se denuncia. América Latina es tierra de porvenir, pero no necesariamente de porvenir esperanzador. Vamos a esforzarnos para que realmente lo sea, y lo conseguiremos si se nos permite seguir aferrados a este esfuerzo común de cultivar este conjunto de verdades que para nosotros son una sola y que constituyen necesariamente el eje de nuestra historia.

Gracias por haber venido.

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